Faroles coloniales de hierro, puertas de madera, paredes de vibrantes colores y calles empedradas hacen de Tula un lugar muy pintoresco. Esta pequeña localidad –primer asentamiento colonial de Tamaulipas– aún conserva sus trazos originales en sus callejuelas y viviendas, soportando el influjo de la arquitectura contemporánea.

Patrimonio firme

A principios del siglo XIX era la ciudad más poblada del estado y alcanzó gran desarrollo económico gracias a su ubicación comercial en la ruta Tampico-San Luis Potosí, así como a la producción de ixtle –una fibra textil que proviene del maguey–, pero durante el Porfiriato quedó excluida del sistema ferroviario propiciando un inexorable estancamiento. El pujante desarrollo de aquella época aún se puede apreciar en sus majestuosas ex haciendas decimonónicas que han sido rehabilitadas para preservar sus atractivos, tal es el caso de Los Charcos, que conserva sus gigantescos arcos de cantera, principales distintivos del recinto. Otro de sus atractivos es el Templo de San Antonio de Padua, que además de ser la iglesia más antigua de Tamaulipas, posee un diseño arquitectónico de estilo barroco que arrebata la mirada de todos aquellos que visitan la plaza principal, en donde también está uno de los dos relojes más antiguos de México con poco más de 112 años (el otro se ubica en Pachuca). Este Pueblo Mágico resguarda otros vestigios culturales que constituyen parte fundamental de grandes acontecimientos históricos del estado.

Cuna de la cuera tamaulipeca

Tula también conserva diversas costumbres, como la producción de artesanías a base de talabartería y alfarería; sin embargo, la elaboración de la cuera tamaulipeca es la más representativa y tradicional.

Este traje –que tuvo como antecedente el cotón de gamuza– se ha utilizado como prenda de gala para celebraciones, desfiles y fechas conmemorativas. Anteriormente era exclusivo para el género masculino, pero actualmente se confeccionan vestidos, faldas largas y chamarras para mujeres. Esta tradición inició hace poco más de cien años, cuando Rosalío Reyna hizo la primera cuera (en 1910) para el general Alberto Carrera Torres, quien buscaba una chamarra con barbas y adornos. Fue el inicio de una práctica que se ha extendido por todo el estado. El nieto de Rosalío, don Antonio Reyna Hernández, con su destreza continúa con esta tradi- ción familiar; se inició a los 10 años de edad y por más de medio siglo se ha encargado de hacer piezas únicas de singular belleza. En el interior de su casa –ubicada en el número tres de la calle Chilpancingo– se encuentra el taller en el que Antonio Reyna pasa la mayor parte del tiempo junto con su familia confeccionando la indumentaria. Al entrar a su taller nos recibe con una gran sonrisa y pronto nos presume sus famosas artesanías que lucen en sus torsos algunos maniquíes; las hay en colores chedrón, azul turquesa y rojo con adornos dorados.

Un elemento que distingue sus cueras son las flores de piñón: “mi abuelo formó pequeños ramos y de ahí surgió este sello distintivo para nuestras prendas que ahora están hechas con gamuza de cabra, pues anteriormente se hacían con piel de venado”, nos explica. La confección de las prendas puede llevar

de siete a ocho días, ya que todo se hace a mano, desde los cortes hasta el diseño de las flores que se bordan; el precio va de los 7 mil 500 pesos a los 12 mil.

Muchas anécdotas ha vivido este personaje, conocido por todos los habitantes de la localidad. Recuerda especialmente que en 1958 diseñó la primera cuera –también conocida como tulteca– para Eulalio González “Piporro”, con lo que impulsó el uso entre personajes famosos, incluidos políticos, gobernadores y presidentes. Por ello se considera pieza clave para que Tula fuera reconocido como Pueblo Mágico. Después de probarnos algunas piezas, nos despedimos del señor Antonio y del encantador pueblo de Tula

Palacio Municipal de Tula

Tel. (832) 326 0046

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