Mazatlán posee playas tranquilas para practicar deportes intrépidos, vacacionar y descansar, además de historia, tradición, raíces indígenas y sabor en su cocina tanto ancestral como internacional.

Por Norma Esqueda / Fotos: Gualberto Ledesma Avitia

Escuchar sobre Mazatlán es pensar en una hermosa ciudad costera que posee increíbles playas, pero también tiene una cara oculta, pero no por eso menos interesante, el Mazatlán Viejo, como suelen llamarle a la parte más antigua de este destino. Aquí se pueden apreciar unas verdaderas joyas históricas y arquitectónicas, además de respirar paz y tranquilidad al recorrer cada una de sus calles.

Una característica muy apreciada es el encanto y la vitalidad con la que se pueden admirar sus escuelas de arte, galerías, restaurantes y bares donde todas las noches se puede disfrutar de actuaciones en vivo de músicos locales y extranjeros.

Caminar entre sus callejuelas y callejones al lado de los lugareños, orgullosos de su historia y raíces, le da un condimento extra de sabor a cada paso que doy por sus empedrados. Sin ninguna presión de tiempo, disfruto de la tranquilidad de transitar por sus antiguos pasajes llenos de historia, me enamoro de sus edificios y casas antiguas, me conquista la cordialidad de los mazatlecos y me roba el aliento la brisa fresca del lugar.

Una vez visitado esta parte misteriosa de la ciudad, es momento de dirigirme al malecón, considerado el más largo del mundo con 21 kilómetros de hermosos paisajes del Océano Pacífico; un buen lugar para caminar. A lo largo del corredor me encuentro con una serie de esculturas, distintivos indiscutibles de Mazatlán, como el famoso Monumento al pescador o el de los Monos Bichis, la Prolongación de la vida o de los delfines, el monumento A la familia y el de la Pulmonía, símbolos de la importancia de la industria pesquera en este puerto, adornada con la belleza de sus vistas panorámicas e imponentes acantilados.

Después de un rato de tanto caminar, por fin llego a la famosa Punta de clavadistas, aunque sin ánimo de zambullirme, me detengo a admirar el transcurrir de la ciudad en medio del espectáculo de los arriesgados clavados que ejecutan con tanta seguridad y alegría los mazatlecos. Un acto valeroso que se realiza desde lo más alto de una glorieta hacia un estrecho canal de agua rodeado de puntiagudos salientes y filosas piedras.

Después de ver estos intrépidos clavados, decido aventurarme para realizar algún deporte acuático. Tengo que elegir entre canotaje, esquí acuático, wind surf, esnórquel, buceo, paracaídas en la playa o montar a caballo. El agua cristalina de fondo azulado me invita a conocer sus destellos desde sus profundidades. Con el equipo de esnórquel descubro a mi nado la flora y fauna marina que se dejan admirar a cada brazada que doy. Siento poco a poco cómo el agua se abre paso y cómo las burbujas me introducen en otra dimensión, donde mi presencia no representa ningún peligro a esta misteriosa vida marina.

Para saciar el hambre, Mazatlán ofrece una gama gastronómica de platillos de un sabor inigualable, como los mariscos, considerados los más frescos de México. La recomendación son los tacos de marlín, el aguachile, el callo de hacha, el pulpo, el chicharrón de calamar y el ceviche de camarón.

Ahora me espera un recorrido por Las Tres Islas. Como bien pude intuir por su nombre, el conjunto cuenta con tres islas: Lobos, Venados y Pájaros, y están localizadas justo enfrente de la zona turística mazatleca. Para llegar a ellas, nada mejor que ir en lancha y disfrutar del paisaje. La más grande, Venados, cuenta con casi dos kilómetros de playas y se puede descansar y apreciar pinturas rupestres; Pájaros está compuesta por roca volcánica, y en Lobos, es un espectáculo ver a estos animales marinos. Para ir a ellas, hay que tener tiempo para disfrutarlas a lo máximo.

El sol inicia su proceso y se despide, muestra una gama de colores anaranjados que abarcan todo el cielo, mientras el malecón empieza a cobrar vida nocturna, la primera señal son sus palmeras iluminadas, que al paso que se van encendiendo, los mazatlecos salen a caminar para respirar aire fresco.

Después de un día de tanto ajetreo, es momento de ir a la cama. Mis pies están demasiado cansados, así que decido tomar un Pulmonía, un peculiar transporte mazatleco. Es un taxi abierto, similar a un carrito de golf, que recorre las calles de la ciudad. Una vez en el hotel, es momento de dormir y prepararme para la próxima aventura.

Un pueblo mágico de tradiciones indígenas

Los buenos viajeros despiertan temprano. Las razones, un pueblo soleado con rumor de río, una cocina fresca e inesperada, bailes tan eufóricos como sabios en su naturalidad… El Fuerte encierra estos y otros tesoros del norte sinaloense para revelarse solamente a los visitantes más arriesgados y pacientes, debido a que el trayecto dura aproximadamente cinco horas. Tiempo para leer un buen libro.

Un espejo vivo de la historia donde se pueden apreciar bellas muestras arquitectónicas como El Palacio Municipal, La Plaza de Armas con su atractivo quiosco de hierro forjado, La Casa de la Cultura, La Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, construida en el Siglo XVIII, son sólo algunas de las maravillosas obras de arte ricas en historia y anécdotas, legado de los antepasados mazatlecos.

Parte del tesoro cultural de esta región son las comunidades de raíces indígenas, donde habitan grupos mayos y yoremes, que mantienen sus costumbres prehispánicas incorporadas a las tradiciones religiosas. Sus celebraciones son una digna expresión de los pueblos de México y una magnífica oportunidad de descubrir su espíritu festivo a través de su música y sus danzas representativas.

Tal vez por la caminata y lo radiante del sol, pero el hambre empieza a hacer estragos en el estómago, así que me dirijo a uno de los restaurantes de la zona y me deleito con los platillos protagónicos de la región: el hacha de lobina y el cauque de agua dulce (especie de langostino de río) cocinado a la plancha. El espacio era tan apacible, que me daban ganas de quedarme ahí el resto de la tarde, pero aún me faltaba una excursión.

Con la energía recuperada, a cada paso descubro la riqueza y el respeto que se le da a la naturaleza. Es como introducirme en una parte desconocida y poco explorada, donde la cuenca del Río Fuerte me lleva a descubrir las inscripciones rupestres dejadas por grupos nahoas, que siglos atrás transitaron por el corredor migratorio sinaloense, muchos de ellos todavía no han sido estudiados, incluso el acceso a los mismos es un tanto difícil.

Para continuar con la exploración, me dirijo al Cerro de la Máscara, un complejo petroglifo considerado como uno de los principales del estado. Hay dos formas de arribar: por el nuevo puente que cruza el río y después caminar durante 40 minutos por un sendero de piedra laja, o por las balsas que salen del malecón del pueblo. El viaje en balsa dura de tres a cuatro horas y es para ocho personas. Esta zona arqueológica de los mayos comprende cerca de 300 glifos grabados con símbolos propios de sus mitologías. Se dice que quien se asome hacia las seis de la mañana o las cinco de la tarde podrá pasear por el bosque secreto y apreciar las aves que pueblan esta bella región, una bienvenida inesperada.

Una vez observado estas maravillas culturales, el camino de regreso inicia. Mientras me dirijo a la balsa que me llevará de vuelta a la ciudad, me detengo un momento y volteo para darle un último vistazo a la magia que se queda atrás, donde se revive el pasado y leyendas de este pueblo colonial, que me dio la oportunidad de recorrer sus calles por medio de una pintoresca y ordenada urbanización, donde los indígenas aún danzan durante ceremonias y rituales, mezclando el paganismo con el cristianismo.

Es extraño, pero no luzco impaciente por llegar, de hecho quisiera quedarme un rato más, después de todo, el clima es cálido y la brisa de la noche es perfecta, pero la balsa lleva una ruta inamovible para entrar puntual al malecón, donde el destellar de las luces indica que estoy de vuelta al punto donde comenzó esta mágica aventura.

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