Sus cristalinas playas, su bello Centro Histórico, emblemática,arquitectura y exquisita gastronomía hacen de Mazatlán un destino para descansar, divertirse y hasta conocer todas sus bellezas naturales. Una perla que cautiva en el nácar del océano, que no deja de latir, de crecer y de vivir.

Por Norma Esqueda

Un recorrido palpitante

Se acercaba el fin de semana y estaba ansiosa por disfrutar de una hermosa playa y de un clima agradable para relajarme después de una semana de mucho estrés en la gran ciudad.

Como era de esperarse, Mazatlán me recibió con un clima cálido, la refrescante brisa marina y sus doradas playas. Mi primera parada fue La Marina del Hotel el Cid para abordar a las 9:00 de la mañana una embarcación donde pude admirar la hermosa ciudad que se despliega a lo largo de 17 km por el Océano Pacífico.

Durante el recorrido, el capitán me comentó que existen islas que se encuentran en las cercanías, como la Isla de Piedra, la Isla de Lobos, la Isla de Venados (excelente para la práctica de buceo y kayak) y la Isla de los Pájaros. Varias de ellas tienen impactantes cuevas y arrecifes, ideales para fotografiar y observar.

En esta ocasión, decidí aventurarme a la Isla de Venados, que es muy famosa para practicar buceo y esnórquel. Es como una ínsula que se encuentra protegida por dos grandes arrecifes que le dan forma a una alberca enorme. Por carecer de olas, es el escenario perfecto para bucear. Sus aguas cristalinas y la notable diversidad de peces de arrecife me invitaron a sumergirme para disfrutar de esta actividad. Me adentré a un universo de exóticos colores y formas, pude saludar a especies tan fascinantes como el pez globo, la cabrilla, la barracuda y el pargo.

Recorrer sus tranquilas aguas me hizo olvidarme del estrés, tráfico y mundo acelerado que se vive en la gran urbe. Aquí todo es quietud y paz. Durante mi trayecto pude admirar tanto la flora y fauna que invaden este paraíso submarino.

Después de bucear, fue momento de navegar hacia mi siguiente parada: el Faro, que se ubica en la cima del Cerro El Crestón. El capitán me comentó que tiene 157 metros de altura. Es considerado el segundo faro natural más alto del mundo. Una vez en la orilla, emprendí la caminata por cerca de 30 minutos para ascender hasta él. El calor era intenso, pero valió la pena hacer esta excursión. Tuve una panorámica de toda la bahía, del Océano Pacífico, sus islas y hasta parte del Centro Histórico.

A mi regreso, hacia la marina, tuve la mejor compañía, un par de delfines nadaron cerca de la embarcación durante un par de minutos. Como si quisieran sorprenderme, realizaron un par de actos acrobáticos, que quedaron grabados en mi mente y en mi cámara viajera, que siempre llevo para no dejar de lado las maravillas que me cautivan en cada recorrido.

Más adelante, en un pequeño islote, descansan los enormes lobos marinos adultos, ya que los pequeños sólo se dedican a juguetear. Como aún no están familiarizados con el contacto humano, no se acercan.

Una vez de regreso, la ciudad me recibió con un centenar de luces, que a lo lejos semejaban luciérnagas guiando mi camino. Hacia el horizonte, con total nitidez, se fusionaban con el brillo titilante del cielo. Un desfile incomparable de colores que sólo se yerguen en la costa de Mazatlán.

Hechizo natural

El sol apenas hizo su aparición, cuando el calor me obligó a abandonar la habitación para realizar un recorrido por el Centro Histórico, que se caracteriza por un suelo empedrado y calles angostas. Pese al transcurrir del tiempo y al paso invasivo de la modernidad, es un sitio que parece aferrarse a las influencias extranjeras que dieron forma a esta área durante el siglo XIX, cuando fue un importante puerto internacional.

La primera en recibirme fue la Plazuela Machado, que se ha llenado de cafés, restaurantes y artistas urbanos, que aún conservan el encanto del sabor provinciano. El calor me hizo hacer una parada y descansar a la sombra de sus árboles disfrutando de su arquitectura española y francesa. Reanudé el recorrido para enfocarme en sus edificios antiguos, que guardan una historia y son el reflejo de la cultura mazatleca.

Después de un poco de historia, decidí conocer uno de los lugares más visitados del puerto, el Acuario de Mazatlán, donde pude admirar las especies que habitan el litoral. El acuario cuenta con 52 estanques que son hogar de cientos de especies procedentes de todo el planeta, como tortugas, lobos marinos, tiburones y peces de todos los tamaños y colores.

Una de las atracciones con las que cuenta este estanque marino, es bucear en una de las peceras con los tiburones nodriza. Me armé de valor y me aventuré a convivir con ellos. Me sumergí en la pecera y lo primero que pude observar es que me esperaban sigilosos y hasta curiosos de verme invadir su hábitat. Estar en un ambiente en el que no estoy familiarizada, me hizo sentir vulnerable y con cierto miedo.

Pude apreciar y tocar a los tiburones, tortugas y mantarrayas, entre otros peces. Una experiencia llena de adrenalina. Una vez que terminó este recorrido acuático, fue momento de visitar el Museo del Mar y el jardín botánico, que se encuentran en el acuario.

Después de esta experiencia, fue momento de cambiar el color pálido de oficina por uno bronceado en Playa Olas Altas, localizada en el Centro Histórico. Es famosa y muy visitada, debido a que es posible observar un fenómeno natural que sólo se da en esta playa. Sus arenas se mueven de lugar dependiendo de la época del año. Algunas veces se encuentra en el extremo norte de la bahía, y después de seis meses se halla en la parte sur, mientras que las rocas se mueven a la parte norte.

Decidí recostarme boca abajo, casi besando la arena dorada. A lo lejos escuché el vaivén de las olas, que se azotaban con algún intrépido que deseaba saltarlas. Relajada y en total calma, pude constatar que Mazatlán se mueve a un ritmo un poco más acelerado que años atrás, pero aún mantiene su esencia, donde el tiempo casi se detiene en el aire y la magia invade sus cálidas playas.

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