Por Norma Esqueda

En Puerto Vallarta se disfrutan de escenarios naturales, una gastronomía auténtica, vida nocturna, paseos en barco o actividades de aventura. Una experiencia que sólo en las playas de este puerto se puede disfrutar al máximo.

Después de unas semanas de mucho trabajo y estrés, decidí tomar el puente e irme de vacaciones a Puerto Vallarta para abordar la recién inaugurada ruta de Aeromar a este bello destino, donde se vive la tradición de un pueblo lleno de sueños, leyendas, historias y sabores.

La brisa fresca y el reflejo del mar me llevaron a iniciar mi recorrido por el Malecón, una de las principales atracciones de la ciudad. El amor al arte se puede ver en la impresionante colección de arte público que adorna este corredor. La colección ha ido mejorando, desde la primera escultura que la embellece: el Caballito de Mar de nueve pies de altura que se instaló en 1976 y que se ha convertido desde entonces en uno de los símbolos más reconocidos del puerto.

Algunas de las piezas más bellas y eclécticas que están en el malecón son obras del reconocido artista local Ramiz Barquet, así como de otros importantes escultores del estado de Jalisco, como Sergio Bustamante, Alejandro Colunga y Adrián Reynoso.

Fue bastante relajante caminar y admirar, durante kilómetro y medio, su corredor de esculturas, palmeras y espectáculos, como el de los Voladores de Papantla, que representan un antiguo ritual prehispánico de agradecimiento a Chi’chini (dios del Sol), a Xipe Totec (dios de la primavera) y a Tlaloc (dios de la lluvia).

El malecón original va desde el Hotel Rosita, calle 31 de Octubre, con nombre Paseo Díaz Ordaz hasta el anfiteatro en Calle Zaragoza. De ahí pude seguir por el llamado Malecón II, que va del puente sobre el Río Cuale hasta Olas Altas y el Parque Lázaro Cárdenas.

Una vez que llegué al Centro de Puerto Vallarta, también conocido como la Zona Romántica, me fue grato observar que aún conserva sus típicas calles empedradas. En esta área es común encontrar restaurantes, vida nocturna, locales de cafés artesanales, mercados de arte y artesanías, tiendas de diseñadores al igual que casas típicas y posadas.

Un poco más adelante me topé con un icono: La Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, no sólo por su importancia histórica, si no porque su belleza domina el panorama de la ciudad. Es imposible no verla, porque se ubica a una cuadra de la Plaza de Armas y a dos del Malecón.

El símbolo más representativo es su bella corona que se encuentra encima de su torre principal. Su construcción duró más de 50 años y fue construida con una gran variedad de estilos. Hay elementos neoclásicos, como el edificio principal, y barrocos y renacentistas.

Otro atractivo es la Plaza de Armas. Como en casi todos los destinos, la plaza es el corazón de la ciudad. Como era fin de semana, pude escuchar a bandas musicales y disfrutar de bailes de danzón. El domingo a las 18:00 tocó la Banda Municipal, una gran oportunidad para conocer la música local.

Desde aquí pude apreciar el ritmo pausado y amable de la vida vallartense, donde las familias salen con sus niños, disfrutan de un helado, ríen con las ocurrencias de los artistas callejeros en el anfiteatro, se toman fotos junto a las esculturas, corren por el malecón o degustan un antojito en uno de sus restaurantes.

Con una vista desde donde pude admirar la bahía, botes, lanchas y barcos que pasan; las montañas hacia el este; el mar y las olas suaves, junto con las múltiples esculturas y palmeras que son un telón perfecto para un agradable paseo y las puestas de sol famosas de Vallarta y el Pacífico mexicano, es como terminó mi primer día en esta bella ciudad.

Una panorámica con mucha vida

El agradable calor y el vaivén de las olas me despertaron. Decidí tomar hacia Playa Los Muertos, la más popular y que se ubica a corta distancia del malecón. Es parte integral de la Zona Romántica y se une con el malecón hacia el norte por la orilla del mar, con el puente sobre el río Cuale y el Malecón II.

Su nombre deriva de los restos arqueológicos que se desenterraron en el área y que pertenecían a las tribus indígenas locales que tenían un cementerio en el lugar.

Lo primero que descubrí fue que está llena de vida y naturaleza. Recorrí sus 665 metros que se internan en el mar, donde se encuentra una plazoleta circular con su distintiva escultura de metal que asemeja una vela. El lugar cuenta con bancas estratégicamente acomodadas para admirar el paisaje.

Comprobé que es un excelente lugar para pasar el día. Sus playas son de arena blanca y de un mar bastante transparente; además de disfrutar de toda una experiencia culinaria, donde abundan los pescados, pulpos, caracoles y frutos de mar.

Uno de los platillos más típicos es el pescado embarazado; está asado y relleno de condimentos, pimientos y verduras fritas. Decidí acompañarlo con la bebida más famosa del lugar, el “Coco Loco”, que es una combinación de agua de coco, vodka, limón, sal y un chorrito de jugo de toronja.

Después de un poco de sol, decidí tomar un vuelo en paracaídas, que me permitió aumentar mi adrenalina al tiempo que observé los hermosos paisajes del lugar. Creo que más tarde me decidiré entre nadar, bucear o pescar. El esnórquel, paseo en kayak, barcos de vela, esquí acuático y el surfing también son actividades que podría realizar después de esta aventura, pero eso será después, mientras disfrutaré de este viaje por las alturas.

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