Por Norma Esqueda

Un recorrido por la historia, cultura, tradición, arenas blancas, pozas azules, ríos de aguas cristalinas, paredes de mármol y montañas verticales… Toda una combinación única y fabulosa que sólo se puede encontrar en Coahuila.

Tenía mis vacaciones en puerta y al revisar el mapa de los destinos a los que llega Aeromar, me di cuenta de que no había viajado a Monclova, Coahuila, una ciudad de orígenes mineros, que destacó por sus depósitos naturales de carbón.

Sin pensarlo, empaqué y tomé el primer vuelo a esa ciudad que me inquietaba conocer. Me recibió con un clima bastante agradable, que me permitió recorrer sus calles y descubrir que es un destino lleno de historia, cultura, tradición y arquitectura con una gran variedad de museos, parques y parroquias.

Pese a que es una de las cinco ciudades con mayor desarrollo comercial, industrial y financiero del país, su gente es muy amable y conserva tradiciones, gastronomía y hasta ciertas palabras de sus raíces ancestrales.

Mi primera parada fue el Parque Xochipilli. Es un espacio familiar, el centro recreativo más representativo de Monclova y el parque urbano más grande de Coahuila. Cuenta con más de 85 hectáreas de amplios jardines y una zona arqueológica.

Otro punto a visitar es la Parroquia de San Francisco de Asís, uno de los destinos turísticos religiosos más distintivos de Monclova. Además, es considerada, por los historiadores, un testigo milenario de la época de la colonización y evangelización cristiana más importante de Coahuila.

Quería conocer más sobre su historia, así que no podía faltar El Museo Coahuila – Texas, que comenzó como hospital, pero en 1811, después de la emboscada de Baján, cayeron prisioneros líderes insurgentes: Don Miguel Hidalgo y Costilla, Allende, Aldama, Jiménez y Abasolo fueron recluidos en este edificio. Actualmente funge como museo y cuenta con tres salas: de historia regional, de exposiciones temporales y de talleres, además de un auditorio. En el mismo edificio se aloja una Biblioteca Pública y el Archivo Municipal.

Otro lugar imperdible es la Cueva del Diablo, que se encuentra en el Cerro del Burro. Aquí observé fascinantes pinturas rupestres elaboradas por quienes habitaron estas regiones en tiempos prehistóricos.

Para continuar con mi experiencia con la naturaleza, conocí la flora y fauna de la región, compuesta por matorrales y pastizales, y en las zonas altas, encinos y pinos. En el caso de la fauna, con mucha paciencia y en compañía de un guía, es posible ver zorros, jabalíes, osos negros, pumas y venados cola blanca.

La tarde empezó a caer y era momento de terminar mi recorrido por este día, así que me dirigí al Observatorio Meteorológico, un recinto que es motivo de orgullo de los habitantes de Monclova por su moderna tecnología. Es el más grande en el estado y es capaz de aumentar el brillo de cualquier estrella hasta 3,000 veces. Mezcla un sistema moderno de video que muestra imágenes en vivo del sol, la luna y los planetas.

Son tantos los lugares por conocer en Monclova, que en mi próxima visita recorreré el Zoológico Santiago de la Monclova, el Estadio de Beisbol Monclova, casa de la popular escuadra de los Acereros de Monclova, el Parque Infantil Niños Héroes y diferentes recintos teatrales, como el Teatro del Instituto Mexicano del Seguro Social, el Teatro Picasso y el Teatro de la Ciudad, uno de los más modernos del norte de México y que cuenta con un aforo de más de mil localidades.

Un oasis en el desierto
La mañana era cálida, lo que me llenó aún más de emoción por iniciar mi recorrido hacia uno de los lugares tan emblemáticos y representativos de Coahuila: Cuatro Ciénegas.

Inicié mi tour hacia la localidad del Desierto, un trayecto que me llevó casi una hora partiendo desde Monclova. Una vez aquí, tomé dirección hacia Cuatro Ciénegas. El paisaje realmente es fascinante, desértico, pero al mismo tiempo asombroso.

Cuatro Ciénegas es el nombre de la reserva, el poblado cercano es Cuatro Ciénegas de Carranza, su nombre se debe a que ahí nació Venustiano Carranza. Un Pueblo Mágico donde se puede visitar el Museo Casa Carranza, la Parroquia de San José y las bodegas de vino Vitali y Ferriño. Este recorrido será para otra ocasión. Hoy quiero conocer sólo los paisajes naturales.

Retomo mi camino. Un ambiente mágico se apoderó de mí al tener contacto directo con la naturaleza, el silencio del desierto y los contrastes de la arena fina que forma inigualables figuras en las dunas.

Mi primer acercamiento con este impresionante lugar fue Poza Azul, sus aguas son cristalinas con una profundidad de cinco metros. El agua es rica en un mineral color celeste que produce esta gama de tonos caribeños. Sin duda, es un paisaje único en el mundo, ya que entre el desierto, sus dunas y arenas blancas se encuentran más de 400 pozas de agua transparente.

Otra poza igualmente de maravillosa es El Mojarral, llamada así por la abundancia de sus mojarras. Aquí es posible encontrar más de 60 especies animales únicas en el mundo y alrededor de 800 especies de plantas endémicas.

A lo lejos veo un resplandor blanco. Camino hacia allá esperando no desilusionarme con un oasis que engañe mis ojos por el intenso reflejo del sol. Es una maravilla llegar y descubrir la majestuosidad del lugar, sus Dunas de Yeso, formadas de una arena fina y cristalina, blanquísima, que no es más que cristales de sulfato de calcio, es decir, yeso en su estado puro. Esto se debe a que hace millones de años en esta región se encontraba el mar de Tetis, cuando se secó, quedó el yeso y la sal más pesada, lo que formó las dunas. En medio de este desierto de cristal blanco se levantan extrañas esculturas naturales de yeso, moldeadas por la erosión.

Los contrastes y las maravillas no dejan de sorprenderme. A lo lejos veo una laguna de agua cristalina verde y playas de arena blanca, que dan origen a poza Las Playitas. El lugar ideal para descansar y aprovechar la soledad y tranquilidad de la zona para meditar, leer o hasta tomar una pequeña siesta recostada en sus finas arenas blancas. Me sentí como en un centro de relajación, donde lo único que hice fue consentir mis sentidos en medio de un ambiente natural.

Después de un momento de introspección, agarré camino hacia la aventura. El río Mezquites me esperaba con sus aguas transparentes y azules, en donde pude nadar con esnórquel, hacer un recorrido a caballo, en kayak, aventarme de la tirolesa y caminar por el desierto de una manera realmente sorprendente y hasta insólita: remando. Si no lo hubiera vivido, difícilmente lo creería.

Existen más pozas que se pueden visitar, como la de La Becerra, que cuenta con una temperatura semitermal, en donde observé peces blancos, negros y amarillos.

La luz de la puesta del sol se reflejaba sobre el agua de las pozas y de la arena blanca, lo que me indicó que debía regresar al pueblo. Una vez en marcha, observé unas luces anaranjadas que cruzaban el cielo en una zona llamada Llano de Brujas. Este fenómeno aún no tiene explicación científica.

Con un leve soplido del viento, un paisaje único en el mundo y el camino alumbrado sólo con las luces del auto, le digo adiós a la reserva de Cuatro Ciénegas, dejando atrás su misterio y llevando en mi recuerdo su olor, textura y experiencia incomparable.

 

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