El altiplano potosino nos regala un desierto lleno de leyendas, sabores sin límite y una flora y fauna sin igual.

Un delicioso aroma a café recién hecho, que emanaba de la cocina, fue lo que me despertó. La noche anterior habíamos llegado a Estación Catorce, San Luis Potosí, y nos alojamos en la casa de Cristino Rodríguez, quien será nuestro anfitrión y guía en el sorprendente desierto del altiplano potosino.

Después de un exquisito almuerzo regional, montamos en una willy, el legendario transporte del desierto potosino. Las willys son vagonetas que surgieron en Estados Unidos para uso del ejército en tiempos de guerra. A México llegaron por 1950 y fueron introducidos en la Sierra de Catorce. Aunque estaban diseñados para terrenos abruptos, fue necesario adaptarles una transmisión 4×4 de un camión de doble rodada.

Antes de partir, dimos un recorrido por Estación Catorce, que se formó a partir de la llegada del ferrocarril en 1888. Historia similar es la de Estación Wadley, el siguiente punto de nuestro recorrido. Desde aquí nos adentramos en el corazón de la reserva ecológica de wirikuta, uno de los sitios sagrados más importantes de los wixárica (huicholes).

Apenas habíamos avanzado un par de kilómetros, cuando Cristino detuvo la willy y descendimos unos metros a un costado del camino. Nos mostró algunas de las plantas más representativas del desierto, como la sangre de drago, gobernadora, hojasén, nopal rastrero y la lechuguilla. Pero el objetivo principal era encontrar el peyote, el pequeño cactus del desierto chihuahuense cuyo consumo está relacionado con ceremonias de los wixárica.

Se dice que el peyote suele esconderse, así que iniciamos una especie de cacería que, con la ayuda de Cristino, pronto dio frutos. Es importante mencionar que está considerado como endémica y que su extracción y consumo está penalizado. Después de tomar algunas fotografías, continuamos nuestro camino hacia San José de Coronados.

Antes de llegar, fotografiamos un enorme grupo de biznagas “cabucheras” y “barrilonas”. Después retomamos nuestro camino, cruzamos el poblado hasta llegar a la iglesia de la Santa Cruz, el punto más alto, en donde tuvimos la primera panorámica del inmenso desierto.

A partir de aquí, el camino fue en constante ascenso hasta llegar a La Tolva, una estación que recibía el mineral desde lo alto de la montaña por medio de una canastilla. La vegetación es diferente, cada tres o cuatro kilómetros, la flora cambia.

La siguiente escala fue la mina de antimonio del “General”. Llegar a ella representó desafiar lo abrupto de la sierra. Nos encontrábamos ya sobre los 2,600 msnm. En esta parte también se localiza la estación donde baja la canastilla con el mineral.

Seguimos nuestro camino cuesta arriba, pasamos por Tierras Negras, sitio en donde se descubrió la primera mina. Finalmente alcanzamos la cima en el Cerro de la Corona, a 2,850 msnm. Desde aquí, la vista del desierto es espectacular y la perpetuamos con nuestras cámaras fotográficas. Después de un breve descanso, llegamos a un bosque que cuenta con al menos siete especies diferentes de encinos. En este lugar nos dispusimos a comer. Cristino encendió una fogata para calentar el asado de boda y el pollo al desierto (con cabuches y nopales) que nos había preparado su esposa.

Después de comer, avanzamos por Alamitos de los Díaz hasta descender por una cuesta que serpenteaba la montaña hasta el poblado de La Luz, en donde se encuentra la Mina de Santa Ana, la última que estuvo activa. Este pequeño poblado se hizo famoso al servir como escenario para la película Bandidas.

Volvimos a ascender la sierra para internarnos en el túnel de Ogarrio y cruzar los 2,300 metros que nos separaban de Real de Catorce. Aunque este Pueblo Mágico tiene mucho para ver, procuramos ser breves y continuar nuestro camino, descendiendo por un estrecho camino que bordea la sierra, conocido como La cuesta del arrepentido. Al fin llegamos al Socavón de la Purísima, los restos de una antigua hacienda minera que se encuentra al fondo de la barranca.

La última escala de nuestro místico viaje fue el pueblo de Los Catorce, cuya fundación es 100 años más antigua que Real de Catorce. En este lugar se originó la leyenda de los 14 bandidos, que dio nombre a toda esta región rocosa.

De frente a una impresionante puesta del sol que matizaba el horizonte, recorrimos el último tramo de nuestra ruta. Esa noche, con una “discada” –una especie de parrillada que se hace en un disco de arado–, cerramos con broche de oro nuestra aventura

+Información

Para realizar este recorrido es necesario hacerlo en una willy y con un guía. Además, Cristino Rodríguez ofrece un paquete que incluye los alimentos y el hospedaje. Más información sobre Willys del Real.

Tel. (01 488) 8826-108 y Cel. 444-1750-075.

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Texto y fotografía por Lorenzo Armendáriz

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