Por Norma Esqueda / Fotos: Eliher Hidalgo

Estar en Michoacán es descubrir un paraíso que se ha detenido en el tiempo, con sus tranquilas calles que son testigo de la historia, cultura y vida que se ha ido acumulando en sus rincones y esquinas, características de la gran labor arquitectónica de sus ciudades y Pueblos Mágicos.

Me encontré en una encrucijada, tomar la decisión de decidir, bajo una oferta bastante amplia que ofrece nuestro país, qué destino recorrer, un lugar que me llevara a descubrir nuevas aventuras y sensaciones, donde pudiera transformar lo imposible en lo posible y donde los límites no me impidieran vivir libremente.

Decidí experimentar la magia de un lugar colonial: Morelia. Una ciudad que enamora por la sencillez de su vida, donde la naturaleza te envuelve con su majestuosidad, te hace revivir la historia y las personas te acogen con su amabilidad y cultura.

La mejor manera para iniciar el día fue disfrutando de un exquisito desayuno en sus tradicionales arcos frente a la Catedral. Para elegir, hay un gran número de restaurantes con platillos regionales, otros basan su menú en recetas tradicionales. Sin importar el lugar, todos te dejarán con un exquisito sabor. Además, es una postal ver el andar de los lugareños, en un ambiente sin estrés y muy jovial.

Tranvía
Una tradición moreliana
En punto de las 11:00 de la mañana, justo en la Plaza de Armas, abordé el tranvía Guayangareo, que significa “loma larga y achatada” en Purépecha. En esta experiencia me acompañaron los guías Karent Saavedra y Jorge Chávez, quienes con tanta pasión y entrega, empezaron a describir la parte histórica, cultural, arquitectónica y religiosa de la ciudad.

Sólo bastó que los guías dijeran al unísoro: “vámonos”, para que el Guayangareo cobrara vida e iniciáramos nuestro recorrido por la ciudad que fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1991 por su belleza y unidad arquitectónica.

Es innegable observar la manera en que resaltan las construcciones en cantera rosa, con patios en la parte central, columnas, arcos, grandes plazas y antiguos monasterios construidos entre los siglos XVI y XIX.

A nuestro paso la primera en presentarse fue la Catedral, que se distingue por sus dos enormes campanarios que le sitúan en el número cuatro de los más altos de México, con casi 67 metros. Los sábados la iglesia se ilumina en un espectáculo de luz, fuegos artificiales y sonido. En su interior guarda algunas joyas artísticas y religiosas, como el órgano monumental de 4,600 flautas, el más grande del país, el manifestador y la pila bautismal de plata, imágenes y pinturas.

De igual manera, destacan, por su historia y belleza arquitectónica, el Palacio de Gobierno; la Fuente de las Tarascas, una escultura de bronce que se ubica en el cruce de Av. Acueducto y Av. Francisco I. Madero Oriente, y representa tres mujeres purépechas con el torso descubierto, cargando una batea llena de frutos. Se cree que hace referencia a la fertilidad y a las princesas indígenas Atzimba, Eréndira y Tzetzangari.

El Acueducto, construido en el siglo XVI; actualmente está formado por 253 arcos de medio punto, con alturas que superan los nueve metros y 1,700 metros de largo. El Callejón del Romance, el lugar perfecto para los enamorados, por sus paredes silenciosas llenas de tranquilidad, es el escenario perfecto para que el amor florezca a lo largo del corredor.

Lo que hace especial al Santuario de Guadalupe o Templo de San Diego es su interior magníficamente decorado por el artesano local Joaquín Orta en 1915, lleno de diversas formas florales donde predominan los colores rosa, rojo y dorado. La opulenta decoración que se observa en muros, bóvedas y cúpulas es una combinación de la técnica de escultura en barro de la tradición indígena con la técnica europea de yesería; y el Templo y Ex Convento del Carmen, actualmente Casa de la Cultura, por mencionar algunos.

La antigua ciudad de Valladolid como se le conocía a Morelia, sigue conservando esa armonía entre plano y alzado, que se complementa con la belleza de los grandes edificios, exaltando sus fachadas, torres y cúpulas.

Gracias a esta armonía de respeto y preservación, aún es posible rescatar varios remates visuales, como el del Templo de San Francisco, el Templo de San José, el Templo de las Rosas y la Catedral, por mencionar algunos. A su paso y a la vista deja entrever diferentes épocas y estilos bien conjuntados.

Sobre pasos de cantera rosa
Me comentaron que es más impresionante recorrer Morelia caminando para conocer su imponente arquitectura, disfrutar de la calidez de su gente y sus calles adoquinadas.

Cada callejuela de esta ciudad, no sólo impone por su belleza en estilo barroco, sino también por la historia que cuenta cada rincón, razones que me motivaron a contemplarla y a regresar el tiempo de cómo surgieron estas joyas arquitectónicas.

Inicié mi recorrido muy temprano, antes de que el sol empezara a calentar. Recorrer sus pintorescas calles y admirar cada uno de sus detalles, es siempre una experiencia llena de placeres por descubrir. En cada una de sus piedras, la historia profunda de México se hace presente para embellecer el paisaje urbano.

Morelia está trazada de tal manera, que siempre encontraremos un lado de la acera con sombra y otra iluminada. Con toda la actitud, me trasladé en el tiempo e imaginé aquellas épocas por donde predominaban los carruajes y los ciudadanos de la antigua Valladolid lucían trajes muy ostentosos y llenos de detalles que distinguían su jerarquía.

Con múltiples monumentos históricos, civiles y religiosos, este destino ofrece magníficas propuestas para admirar la delicada arquitectura colonial, recintos religiosos y museos. Un recinto que guarda una gran historia, es la Casa de las artesanías, hoy el Instituto del Artesano Michoacano (Fray Juan de San Miguel No. 129. Lunes a sábado: 9:00 a 20:00 y domingo: 9:00 a 16:00 h. Entrada libre). Se enfoca en la preservación y difusión del tradicional arte popular artesanal elaborado en las distintas regiones socioculturales de Michoacán, se exhiben y, a la vez, se ofertan piezas artesanales elaboradas por artesanos de todas las regiones del estado.

Además de sus artesanías, Morelia también es famosa por sus ricos dulces, así que tuve que hacer una parada obligada en el Museo del Dulce (Av. Francisco I. Madero Ote. No. 440. Lunes a domingo: 11:00 a 19:30 h). Ofrece recorridos para observar la elaboración de este patrimonio gastronómico, desde su origen en las cocinas virreinales (conventos, monasterios, casonas) hasta la industrialización de los productos en fábricas. La oferta de dulces es inmensa e irresistible al antojo.

Al salir, me compré una nieve de pasta con el sabor y receta tradicional de los dulces típicos morelianos. Tomé camino hacia la Calzada de Fray Antonio de San Miguel. Es un refrescante lugar donde pude descansar a la sombra de los fresnos que se plantaron a finales del siglo XVIII, desde aquí aprecié la arquitectura colonial de las diferentes casonas que se encuentran a lo largo de esta bella calzada y el remate visual del Templo de San Diego.

Por la noche, el Jardín de las Rosas cobra vida (Santiago Tapia, entre Guillermo Prieto y Nigromante, Centro). Un espacio público bastante romántico, tranquilo y con algunas caferías, restaurantes y hasta una botica, que confirman la gran historia que tiene la capital.

El sonido del agua al caer de su fuente me invitó a sentarme en una de sus bancas de cantera rosa mientras tomaba el fresco bajo la sombra de sus árboles y sus jardineras llenas de hermosas flores de colores. Desde aquí pude admirar el Conservatorio de las Rosas y el Templo dedicado a Santa Rosa de Lima. Acompañada de un delicioso chocolate y la música de un grupo juvenil que amenizaba la noche, pude despedirme de esta hermosa plaza para vivir una nueva experiencia en el hotel, que también guarda una gran historia.

El hotel Los Juaninos (Av. Morelos Sur 39, Centro) mantiene una arquitectura del siglo XVIII labrada en cantera y claustros cargados de fragmentos históricos. Comparte rasgos con la emblemática Catedral, y preserva el toque colonial que se puede distinguir en cada una de sus habitaciones decoradas con un toque exclusivo e íntimo. Desde sus balcones logré obtener una las mejores vistas de la Catedral y de la avenida principal, junto con sus restaurantes y edificios emblemáticos.

Hospedarme en esta propiedad fue todo un viaje en el tiempo, cada una de las habitaciones está decorada con características diferentes, mientras los corredores y las elegantes escaleras poseen una belleza señorial.

Se puede apreciar su ornamentación ecléctica compuesta por muebles franceses, vitrales art nouveau, así como detalles decorativos de la región. Simplemente, un viaje a través del tiempo y la historia de Morelia.

Santa Fe de la Laguna
Taller de alfareros y cultura purépecha
Esta localidad cada vez se vuelve un destino más atractivo, ofrece comida tradicional, talleres de artesanías y lugares de descanso, un pueblo purépecha que conserva su cultura y costumbres pese a la modernidad.

Es uno de los destinos que inspiraron la película de Coco, de Pixar, y donde aún vive la abuela “Coco”, pero por tanta publicidad y entrevistas, los mismos lugareños prefieren guardar en el anonimato su ubicación.

Logré apreciar las calles empedradas y la Iglesia de Santa Fe de la Laguna, los techos de teja, el guardapolvo rojo y las casas pintadas de blanco, que hacen recordar lo colonial de los pueblos con los que aún cuenta el municipio de Quiroga.

Se caracteriza por ser una comunidad de alfareros que hoy mantiene viva la tradición, transmitiendo el arte y el oficio de padres a hijos, de generación en generación.

Entre los alfareros reconocidos que viven en esta localidad, se encuentra don Nicolás Fabián Fermín con 22 años de experiencia (Curátame S/N, Barrio de San Juan Uno) y su esposa María del Rosario Lucas, quienes mantienen la tradición prehispánica de darle vida con sus manos a grandes obras de arte, artesanías de barro bruñido, de barro vidriado, que adquieren un brillo especial gracias a que se les aplica un esmalte. Con sus originales artesanías no sólo elaboran piezas útiles o de decoración, también cuentan historias y retratan un poco la vida diaria en Santa Fe de la Laguna.

En su taller, que parece toda una obra de arte llena de artesanías y piezas terminadas y en proceso, se hallan ollas, jarras y platos, entre otros diseños. Con paciencia y esmero don Nicolás trabaja un platón, donde gentilmente me mostró la técnica para decorar la pieza con los motivos tradicionales de esta comunidad: pescados, caracoles y dibujos de vegetales, como elotes y mazorcas.

Don Nicolás y doña Rosario a diario crean con sus manos obras de arte, producto de su fantasía, de su herencia ancestral y de las técnicas tradicionales de hace más de 300 años. Orgullosos muestran su ingenio, creatividad y amor por sus raíces.

Tzintzuntzan
“Lugar de colibríes”
Con el nombramiento de Pueblo Mágico se reconoce su riqueza histórica, belleza arquitectónica, hermosas artesanías, hospitalidad de sus habitantes y sus peculiares tradiciones y aportaciones culturales.

Entre las atracciones que pude visitar fueron las edificaciones prehispánicas nombradas como Las Yácatas, que son los cinco templos o cués de los antiguos habitantes. Para recorrerlas, se puede hacer de martes a domingo de 9:00 a 17:00h.

Otro de los sitios imperdibles es el Convento de San Francisco, cuya construcción se remonta al siglo XVI. Se dice que los olivos que crecen en su atrio fueron plantados por Tata Vasco de Quiroga.

Tiene una admirable capilla abierta y otros elementos arquitectónicos de gran valía. En la esquina derecha se encuentra el Templo de la Soledad, vistoso edificio de estilo barroco en cuyo interior se conserva una imagen de Cristo, realizada en pasta de caña de maíz del siglo XVI. La capilla del hospital (destruida en 1619) conserva un pórtico plateresco y el ex convento hoy se encuentra bastante derruido, pero aún se puede admirar la capilla de San Lorenzo en la que se aprecia la clara intervención de la mano indígena.

Para conocer realmente las tradiciones que se celebran en este Pueblo Mágico, visité el mercado al aire libre, en donde pude comprar, además de artesanías, muchos otros productos y deliciosos alimentos. Entre las celebraciones más importantes, y cuando el Pueblo Mágico se llena de algarabía, es el Día de Muertos, cuando se contemplan los grandes arreglos de flores, ofrendas y velas que se colocan en el cementerio municipal.

Hotel Hacienda Ucazanaztacua
Un oasis junto al lago
Un paraíso que está en medio de la naturaleza, un rincón escondido a orillas del Lago de Pátzcuaro con 7,000 m2 de cuidados jardines es el Hotel Hacienda Ucazanaztacua (Camino a Sanabria-Ucazanaztacua Km.10.5 S/N), desde donde es posible observar las cuatro islas: la Pacanda, Yunuén, Tecuena y Janitzio; y el cerro Huacapiel, que es la puerta de entrada al pueblo de Santiago Azajo

Con una vista hacia el lago, islas y volcanes, que permiten conectarse con lo mejor de la cultura purépecha, enmarcan los colores, la serenidad y el esparcimiento que sólo se puede vivir aquí, libre del caos de las ciudades modernas.

“Ucaz”, como lo llaman los lugareños, es la puerta de entrada para enamorar cada uno de nuestros sentidos. Está construida en adobe con el método original que utilizaron los purépechas hace siglos. Los mismos artesanos oriundos del lugar fueron los encargados de construir este incomparable hotel, obra que duró 10 años. El resultado fueron nueve habitaciones llenas de lujo, confort y tranquilidad con vista al lago. Sus camas cuentan con edredones de plumas y sábanas de algodón egipcio, decoradas con sillones de fibras naturales y artesanías que los mismos lugareños de Tzintzuntzan trabajan con sus manos en sus talleres.

Otro espacio lleno de magia es la Troje, el sitio perfecto para los enamorados; desde donde es posible ver un incomparable atardecer, y por las mañanas observar a los pescadores que con sus redes y sobre sus lanchas buscan pesar truchas y mojarras.

La aventura perfecta para despertar los sentidos, vivir en medio de la naturaleza, de la cultura y gastronomía purépecha, sin perder el confort y lujo de unas merecidas vacaciones o fin de semana en medio de las montañas que rodean Tzintzuntzan y Pátzcuaro.

Pátzcuaro
Con sabor y sazón
Este Pueblo Mágico enamora por sus paisajes, historia y hermosos escenarios coloniales. Una de las ciudades más antiguas y pintorescas del estado de Michoacán. Sus paisajes están enmarcados por un gran lago con pequeñas islas habitadas, como la famosa isla de Janitzio.

Este lugar es diferente a todo lo que había visto durante mi estancia en Michoacán. En todas las esquinas de este sitio se encuentran artesanías, casas de adobe y un espectáculo de luces nocturnas todos los días.

Mi primera parada fue el Templo del Sagrario, uno de los sitios representativos de Pátzcuaro, construido en el siglo XVII, que demoró dos siglos en su construcción por órdenes de Don Vasco de Quiroga. Fue el Santuario de la Virgen de la Salud de Pátzcuaro hasta que fue trasladada a la actual Basílica en 1908. Es digno de admirarse su hermoso retablo Barroco en el altar, otro punto característico y que lo distingue de los demás templos son sus arcos que adornas su costado.

A unos cuantos metros se encuentra la Casa de los Once Patios, sitio donde se establecieron las monjas dominicas en el siglo XVIII. Actualmente es un centro cultural con artesanías de Pátzcuaro y la Región Lacustre, el sitio perfecto para admirar los telares en donde elaboran las mantas o, si lo prefieres, admirar la destreza con la que trabajan los artesanos al realizar las famosas lacas perfiladas en oro de 23 kilates, maque y pasta de caña de maíz. El taller Seshashi, a cargo del artesano Mario Gaspar, es uno donde laboran, con técnicas ancestrales, estas piezas de valor invaluable. Un lugar para la gente que valora las artesanías hechas a mano con técnicas purépechas.

A cinco minutos caminando se ubica la Plaza Vasco de Quiroga, el mejor lugar en Pátzcuaro para conocer la cotidianidad de la ciudad. En el centro se ubica una enorme estatua dedicada a Tata Vasco de Quiroga. A su alrededor se pueden ver casonas, llenas de leyendas e historia, portales y grandes jardines verdes para descansar. En el lugar se reúnen una gran cantidad de artesanos y donde también se realiza la Danza de los Viejitos. Esta plaza marca la diferencia con otras, la ausencia de edificios religiosos.

Uno de los nuevos platillos que se están haciendo muy populares son las tortas de gelatina, creación de Israel Fuentes. Las puedes encontrar en la Plaza Once Patios (Plaza Vasco de Quiroga No. 44, Int. 5). La receta es muy simple, pero no por eso menos sabrosa para quienes les gusta probar platillos diferentes; dentro de un bolillo se le introduce una gelatina, las hay de diversos sabores, en agua o en leche, bañadas en rompope y acompañadas con un caliente y tradicional chocolate michoacano.

En el Pueblo Mágico de Pátzcuaro se disfruta de una deliciosa gastronomía, como los tamales tarascos, su pescado blanco, los uchepos y los tamales de ceniza. Una vez aquí, tuve que hacer una parada a un lugar que ya se ha vuelto una tradición visitar, el taller de cocina purépecha La Tradición, el verdadero sabor de Apatzingán (Arciga No. 18, Centro), frente a la Basílica de Nuestra Señora de la Salud –donde están enterrados los restos de Tata Vasco de Quiroga– a cargo de Victoria González, una de las ocho mujeres michoacanas que ha sido reconocida con el título de Maestra cocinera tradicional por el Conservatorio de la Cultura Gastronómica Mexicana.

Con una vestimenta de color fucsia, muy al estilo purépecha, doña Vicky comenzó a sacar todos los ingredientes para preparar el famoso aporreadillo y las huilotas en salsa verde. Braseros, carbón, leña, enormes cazuelas de barro, cucharas de palo, molcajete y rebozos de colores adornan el lugar.

El aroma y los colores se fueron desprendiendo cada que meneaba la comida con sus grandes cucharas en sus enormes cazuelas de barro. Con un carácter jovial e inigualable, platicaba anécdotas sobre su amor por la cocina tradicional de la región de tierra caliente. Su orgulloso esposo, Eloy Vázquez, ayudaba en todo lo que se necesitaba, como facilitarle los ingredientes a doña Vicky al cocinar.

Después de un par de horas de menear, probar y sazonar los platillos, por fin estuvieron listos tan suculentos manjares. Toda la vajilla era de barro, desde el plato hasta el tarro, lo que contribuyó a sumergirme en el ambiente tradicional de este Pueblo Mágico. El sabor inigualable de la comida se conjugó con un fantástico atardecer mientras la temperatura descendía rápidamente, lo que dio pie a degustar un exquisito café turco.

Santa Clara del Cobre
Manos creadoras
Desde lo lejos, en carretera, me fue posible observar sus casas de muros blancos y techos de teja roja de este especial Pueblo Mágico. A cualquier lugar que volteaba el reflejo me deslumbraba con el color metálico en sus tiendas artesanales y sobre la banqueta, artesanos que exponen sus trabajos en cobre, verdaderas obras de arte.

Los oriundos de este encantador municipio, como don Rafael Zarco Soto, con 56 años de experiencia, y don Pedro Siranda, con 25 años en el oficio, preservan sus tradiciones desde los tiempos de los purépechas prehispánicos, quienes conocían el cobre y sabían trabajarlo diestramente para la elaboración de aretes, cascabeles y hachas.

Estos artesanos se esmeran en mantener con vida estas técnicas orfebres con tanta calidad, que se han ganado el reconocimiento nacional e internacional por la gran belleza que se desprende de sus creaciones. En Casa Felicita (Pino Suárez No. 88) han dejado parte de su corazón y amor. Entre la variedad de objetos que pude encontrar, están los característicos cazos, ollas, fruteros, joyería, platones, candelabros y hasta salas completas.

Otro sitio digno de conocerse es el Museo Nacional del Cobre, situado en la Av. Morelos, esq. Pino Suárez, donde se puede conocer el pasado y el presente del milenario trabajo del cobre martillado, legado de los purépechas y del obispo Vasco de Quiroga.

Santa Clara del Cobre es un pueblo de casas típicas y de atractivas iglesias, entre las que se distinguen el Templo de la Inmaculada Concepción y La Huatápera, la más antigua del pueblo, data del siglo XVI, y el Templo de Nuestra Señora del Sagrario, muy venerada por los artesanos del cobre del pueblo, quienes han enriquecido y ornamentado el templo con elementos decorativos trabajados en cobre.

También es famosa por el pintoresco personaje de “Pito Pérez”, cuyo recuerdo flota en las viejas callejuelas de esta típica población.

Zirahuén
El lago del espejo
Después de un grato recorrido por sus calles y talleres artesanales de Santa Clara del Cobre, fue momento de tomar camino hacia otro Pueblo Mágico, donde se sitúa el Lago de Zirahuén, conocido como espejo de los dioses.

Fue toda una experiencia despertar y observar una mañana despejada mientras el canto de los pájaros anunciaba que el sol estaba en todo su esplendor para iniciar actividades, una sinfonía provincial, que marcaba nuevas aventuras por descubrir en medio de la vegetación.

El olor a tierra mojada, a pan recién horneado, a café de olla y a tortilla quemada están presentes en cualquier esquina.

Una vez en el Lago de Zirahuén, descubrí la magia que se puede realizar aquí, el ecoturismo, es el escenario perfecto para la aventura. Es el lago más cristalino de México, donde se pueden observar todos los tonos de verdes: el verde brillante de los campos, el verde intenso de los pinos, que cuando se reflejan en el lago se tornan en verde oscuro.

En el Parque Zirahuén Forest & Resort, un sitio donde se puede practicar la pesca deportiva, hacer un recorrido en kayak, en la tirolesa o internarte en el bosque entre puentes colgantes, así como hacer un recorrido a caballo o andar en bicicleta de montaña.

Para vivir la experiencia, decidí quedarme a dormir en este lugar mágico, lleno de leyendas, con un clima para abrazarse, hacer una fogata, pasarla bien con la familia y amigos, en una de sus encantadoras cabañas.

Con una vista al lago, con el reflejo del sol que se está ocultando sobre las montañas, confirmo que Michoacán es un estado que atrapa con todas sus bellezas. Recorrer sus pueblos encantadores con majestuosa arquitectura, comida, naturaleza y tradiciones, donde las leyendas sobre las sirenas, como en el Lago de Zirahuén, me atrapan en la noche y me embrujan con sus cantos para cautivarme con tanta belleza natural, que hasta podrían hipnotizarme en este edén de magia cautivante.

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