Las haciendas henequeneras de la península de Yucatán son el hilo conductor para conocer lo que marcó y transformó la vida de este rincón del mundo, donde cada piedra cuenta una historia en medio de un ambiente que aún huele a henequén.

La ciudad de Mérida nunca deja de sorprender. En esta ocasión me recibió con una brisa húmeda y un poco de lluvia que empapaba el cristal del auto, pero no por eso dejó de ser cálida e impetuosa.

Como carta de presentación a la comida tradicional yucateca, desayuné en la Taquería Nuevo San Fernando, un lugar con mucha historia. Los tacos o tortas de cochinita pibil y de lechón, que siguen conservando el sabor original de esta cocina típica, son la especialidad.

Me esperaba un recorrido de 37 km hacia la Hacienda Temozón Sur en medio de un paisaje donde predomina la vegetación, la ceiba, el pochote, el framboyán, los bonetes y el canto de la chachalaca y codorniz.

Hacienda Temozón Sur: Majestuosidad y confort

Por fin llegué a la Hacienda Temozón Sur. Es como regresar al siglo XIX, cuando se transformó en una henequenera. Una de las propiedades de mayor producción y el eje central de la economía yucateca.

En medio de tanta estructura y vegetación, la hacienda conserva los indicios de una época de esplendor. Ahora funciona como una hacienda-hotel de máximo lujo, que ha sido restaurada para mostrar la belleza y el orgullo de Yucatán a través de su historia, donde el henequén era el personaje principal.

Temozón me presentó con el mundo del henequén para descubrir los secretos de su producción. Aún preserva abundante maquinaria y herramientas que datan de la época del llamado “oro verde”. Ver estos aparatos me dieron una idea más clara de cómo era el trabajo, las costumbres y cómo se vivió en este lugar.

Inicié mi caminata bajo el agobiante calor. Después de pasar el primer spa, descubrí una cueva. En la parte baja se puede acceder al Cenote Sacamucuy. Es un lugar lleno de magia, silencio y mucha paz, que evoca el inframundo de los antiguos Mayas. El masaje que lleva el nombre de esta cultura es uno de los servicios exclusivos que ofrece la hacienda, con personal capacitado de origen Maya, que aún conserva su lengua y costumbres. El aroma de eucalipto y romero utilizados durante el masaje son la mezcla perfecta para una buena respiración y oxigenación del cuerpo. Tan sólo escuchaba el cantar de los pájaros en medio del silencio propio del lugar; a lo lejos distinguí el aleteo y chillido de los murciélagos. Estos pequeños habitantes me acompañaron en un ritual de oración para armonizar la mente, el cuerpo y el espíritu.

Otro masaje que es exclusivo de la hacienda, es el chamánico que, si se desea, debe ser solicitado con anticipación, porque el chamán viene desde Mérida. Se realiza un ritual de purificación y curación en el cenote. Se integran hierbas, plumas de aves, flores y copal para iniciar un masaje profundo, abrir los chacras y producir una sensación de bienestar, relajación y armonía.

Temozón está llena de misterios por descubrir. Existe otro cenote, Xaca Mucuhi. Para llegar a él, hay que hacerlo en un truck, un carrito de madera tirado por un burro y que transita sobre los viejos rieles que servían para transportar el “oro verde” desde las lejanas plantaciones. El recorrido inició casi en el área de máquinas, pasando por un bello paisaje de henequén, hasta introducirme en la abundante vegetación. Después de media hora, me recibió la cálida y refrescante agua del cenote, donde nadar, es un privilegio. El canto de las golondrinas acompañan cada uno de mis movimientos, ya que éste es el hogar de cientos de estas encantadoras aves.

Con ganas de quedarme, le digo adiós a la Hacienda Temozón Sur, rodeada de una basta vegetación, que es el hogar de infinitas aves, donde cada piedra cuenta una fascinante historia en medio de un ambiente que aún huele a henequén.

Hacienda Yaxcopoil: Donde el tiempo no pasa

Continué con la ruta de las construcciones henequeneras. El monumental arco doble morisco del periodo colonial, uno de los más hermosos de Yucatán, me invitó a entrar a la Hacienda Yaxcopoil.

Cuando subí sus extensas escalinatas observé los tres grandes periodos de Yucatán: prehispánica, colonial y el auge del henequén, que se dejan ver tanto en el interior como en el exterior de la construcción. Respiré un aire de mucha paz, tranquilidad pero al mismo tiempo una inquietud por conocer cómo era la vida en aquellos tiempos majestuosos, donde el tamaño de las haciendas, las bodegas llenas de henequén, así como el número de empleados, mostraban el poderío de la familia.

Las grietas del tiempo dejan ver una hacienda que se ha mantenido firme al concepto original y ha luchado por no formar parte de las haciendas-hotel. Conserva un estilo enigmático, poderoso y hasta inquietante.

En cada una de sus habitaciones, desde la casa principal, la huerta, los corrales, el cuarto de máquinas hasta los calabozos, observé el mobiliario traído desde Francia. Existen fotos que tienen más de 100 años, pinturas, artículos para el aseo personal, objetos en general que reflejan el esplendor de aquella época.

En un momento de aislamiento recorrí cada una de sus estancias, salones, jardines extensos marcados por una infinita gama de colores y vegetación, y lo que aún queda de la maquinaria donde se trabajaba el henequén. Ante esto, el único sentimiento que tuve fue de melancolía, por ver derrumbado el imperio del “oro verde”.

Hacienda Sotuta de Peón: Donde se revive la historia

Otra hacienda que me hizo viajar al pasado y que parece seguir con vida, como hace 100 años, es Sotuta de Peón. En Yucatán no existe otra construcción que rescate el concepto henequenero como ésta. Aquí se revive la vida, costumbres y forma de trabajar el henequén. Es como estar en una cápsula del tiempo.

El viaje inició en la casa principal. Me sorprendieron los largos y brillantes corredores de azulejos fabricados en Francia y enviados en los mismos buques que llevaban los productos terminados de henequén a Europa. Cuando toqué los elegantes muebles antiguos, fue como revivir un periodo de riqueza y fastuosidad.

Una vez recorrido cada rincón de la casa, fui testigo del proceso de transformación del henequén, paso a paso; de la planta a la fibra, y de la fibra al producto terminado. Fue imponente ver cómo la maquinaria antigua fue rescatada de los estragos del tiempo para que hoy en día siga operando.

El misterio continuó, pero la espera valió la pena. Por fin llegó el famoso truck jalado por una mula sobre los antiguos rieles de Decauville, que fueron importados desde Francia. En medio de un recorrido donde disfruté del aire fresco del ambiente y el mosaico verde de las plantaciones, inició la aventura hacia el cenote Dzul-Ha.

Antes de entrar al cenote, hice una parada en la casa Maya, donde estaba Don Antonio Ucan UC, un hombre de 87 años de origen Maya, que no sabe español, por lo que el guía tradujo sus palabras. Contó su historia, de cómo era su vida de niño, justo cuando la hacienda producía grandes cantidades de henequén, y de cómo vino el declive de esta práctica millonaria. Estar a su lado fue conmovedor, me inyectó un gran misterio, pero al mismo tiempo mucha paz. El henequén y yo fuimos testigos de su historia, contada con tanta pasión, que me hizo vivirla en cuerpo y alma.

Después de esta interesante y mágica parada, por fin llegué hasta el Cenote Dzul-Ha. Un lugar sorprendente, es como una enorme piscina natural de agua cristalina, que esconde muchos secretos en medio de sus formaciones geológicas. Una maravilla de la naturaleza.

Hacienda San José Cholul: Un paraíso privado

La dirección del volante me guió hacia otra hacienda henequenera que fue restaurada para convertirse en hotel. Verdes caminos, un arco a la entrada y una basta gama de flores en diferentes tonalidades me recibieron con júbilo en la Hacienda San José Cholul. Sus exuberantes jardines tropicales, su arquitectura del siglo XVIII, el canto de los pájaros, el sigiloso caminar de las iguanas y la tranquilidad que se respira, me hicieron remontarme 150 años y ver pasar, frente a mis ojos, las costumbres, forma de trabajo y el esplendor de las plantaciones verdes.

Por su paraíso de vegetación e infinidad de aves, sólo en San José pude realizar un avistamiento de estos ejemplares, que inició cuando ya se empezaba a sentir el calor húmedo de la zona. Entre las especies que observé, se encuentran la tortolita rojiza, el tirano cuir, el momoto cejiturquesa, la paloma ala blanca, el pájaro carpintero, el zorzal pardo, el tordo cantor, el cenzontle tropical y el garrapatero pijuy, entre muchos otros. Tuve que poner mucha atención para identificar el canto de cada uno de ellos, conocer sus nidos, así como las diferencias entre macho y hembra.

También pude visitar el huerto, lugar donde el chef Adriel Medina se encarga de sembrar y cuidar algunas plantas que utiliza para la cocción y presentación de sus platillos yucatecos, como la chaya, el perejil, el cilantro, la naranja agria, la pimienta, la sábila, la menta y la hierbabuena, entro otras.

A diferencia de otras haciendas henequeneras, en San José Cholul casi no queda rastro de esta actividad. Donde era la vieja cochera, el salón de máquinas, la casa principal y la casa del administrador son ahora acogedoras habitaciones de techos altos, anchos muros y sombreados ventanales. En la piscina, de 38 metros de largo, que antes fue una noria, logré recostarme en sus hamacas suspendidas y después disfrutar de un burbujeante hidromasaje en el jacuzzi.

La Hacienda San José Cholul es un verdadero paraíso para los enamorados, las familias o quienes viajan solos, es un refugio de paz, donde los sonidos de la naturaleza son la armonía diaria del lugar.

Después de una estancia en total relajación, decidí tomar el tour que sale desde la hacienda hacia Izamal, para encontrarme con el colorido de este mágica ciudad.

Izamal: Una ciudad enigmática

Mi recorrido por las haciendas henequeneras finalizó en este punto. Ahora mi atención se centró en descubrir el encanto de Izamal. Un pueblo mágico con sus fachadas pintadas de amarillo ocre, que abraza la cultura prehispánica, colonial y moderna.

Emprendí una larga caminata entre sus calles de adoquín, piedra y asfalto. Me sorprendió ver cómo los monumentos coloniales fueron erigidos sobre las ruinas de los antiguos templos mayas. De hecho, se pueden observar algunas pirámides dentro de las casas, que engalanan y embellecen sus patios.

En la plaza principal logré ver los trabajos de los yucatecos con materiales naturales y con técnicas tradicionales. Más adelante, su zona arqueológica me mostró la grandeza del Templo de Kinich Kak Moo, una pirámide de gran altura, y la de Itzamatul, que tuvo tres etapas de construcción.

Un lugar que me recomendaron los lugareños, fue el Ex Convento de San Antonio de Padua, edificado en 1561 sobre un antiguo adoratorio maya conocido como Pap-hol-chac. En 1992, este recinto franciscano recibió la visita de S.S. Juan Pablo II.

Como cada lugar tiene una historia, Izamal no podía ser la excepción. Tomé el recorrido Esquina de leyendas en una de sus calesas, donde descubrí lo que hay detrás de los nombres de las esquinas, como la del toro, el chino, la flor de mayo y la cruz caída, cada una con su respectiva leyenda.

Después de un largo recorrido, fue momento de comer. Pero si de sabor y tradición se trata, nada como degustar la comida de la región en un lugar que se ha encargado de rescatar las recetas originales de las abuelas mayas.

Restaurante Kinich: Cocina ancestral y tradicional

Desde que entré a este recinto, percibí que viviría una gran experiencia. Un lugar donde se combina la cultura maya con la yucateca moderna. Un espacio lleno de plantas, terrazas al aire libre y sus enormes techos de palapa, donde se respira sazón, historia, cultura y una combinación de platillos yucatecos.

La cocina simula la de los mayas, con sus enormes parrillas y sus grandes comales, donde mujeres mayas elaboran tortillas frescas hechas a mano y cocinan alguna orden de la carta.

Los platillos son un rescate gastronómico realizado por el chef Eduardo Sánchez Cetina, donde cada uno se prepara de acuerdo con la receta original de las abuelas mayas, que han inmortalizado su conocimiento de manera oral.

Entre los manjares que pude degustar para conocer más sobre la cultura maya-yucateca, se encuentran las empanadas de chaya, los papatzules, la longaniza de Valladolid; como plato fuerte el venado almendrado, el escabeche oriental, el filete a la yucateca y el Dzik de venado. Para acompañar los alimentos, nada como probar la cerveza Ceiba, en su modalidad clara, mestiza u oscura. Como toque final, el helado de elote dulce, la crema de coco y el dulce de nance.

Es aquí donde terminó mi recorrido por las haciendas henequeneras, que están llenas de historia, encanto y misticismo. Logré conocer una ciudad que alberga las tres culturas, Izamal, así como disfrutar de su gastronomía yucateca, que ha sido rescatada de viva voz por las abuelas mayas, desde sus ingredientes hasta el auténtico sabor.

———————–

Por Norma Esqueda

Fotografía: Rodrigo González

Comments are closed.