Hermosillo nos recuerda a cada momento la belleza de la naturaleza con sus coloridos atardeceres, con sus paisajes desérticos, playas de arena brillante y apacibles mares de color azul que nos invitan a la introspección y al deleite del entorno.

Un destino que te recibe con los más hermosos atardeceres de tonalidades rojizas y anaranjadas, que se entremezclan y envuelven para armonizar el ambiente con su singular olor a naranja, aroma que revolotea en toda esta zona productora de este nutritivo cítrico. Es como estar en medio de una sesión de aromaterapia que te relaja e invita a iniciar tu recorrido por Hermosillo.

Atractivos turísticos, culinarios e históricos

Es una ciudad que se caracteriza por su moderno urbanismo pero que al mismo tiempo resalta la arquitectura de sus edificios antiguos, que aún conservan ese toque provinciano. Es posible admirar el Palacio de Gobierno con hermosos murales de tema histórico y las estatuas de los Generales Ignacio Pesqueira y García Morales, situado frente al emblemático jardín de la Plaza Zaragoza

y su quiosco morisco, donde se aprecia la Catedral de la Asunción, con una historia memorable, que inició desde su construcción en 1877.

Como los días son bastante calurosos, es importante iniciar el recorrido a temprana hora hacia uno de los principales atractivos de la ciudad: el Cerro de las campanas. Se alza en el mero centro de la ciudad, como una especie de faro natural visible desde casi cualquier lugar de Hermosillo. Puede resultar un poco cansado y agitado llegar hasta lo más alto, pero la vista, es la mejor recompensa.

Desde sus empedrados, es posible apreciar una panorámica casi completa de “La Ciudad del Sol”. Si es la primera vez que realizas el ascenso a este mirador, le dedicarás bastante tiempo para descubrir cada detalle de la ciudad, como la forma en la que está trazada, sus edificios más altos o emblemáticos y el transitar de sus autos. Un recuerdo que queda grabado con el sonido que generan las rocas al golpearse unas con otras, como si fuera una campana.

Si decides vivir esta experiencia por la noche, sus cientos de luces de colores te harán sentir como si estuvieras en una bóveda celeste. Si diriges tu mirada hacia el cielo, los cientos de estrellas te cautivarán por completo, pero tu atención será robada por la luna para encaminarte hacia cientos de colores que se prenden y apagan sin ningún ritmo pero que dan vida a una ciudad iluminada, donde tu vista se mantiene estática e hipnotizante para que logres captar cada una de sus bellezas en una panorámica que se incrusta en tus recuerdos.

Una vez que bajes del Cerro de la campaña y el incesante sol haya bajado, es momento de hacer un recorrido por el pintoresco barrio de Villa de Seris, que es una representación de alguno de los pueblos de la sierra de Sonora, con una similitud en sus calles y sus casas de algunas de las comunidades de la serranía. Es la zona con mayor tradición en la capital donde nacen y se conservan diversas recetas culinarias que identifican a los sonorenses.

De inmediato se percibe que esta comunidad está orgullosa de sus antecedentes históricos, así como de su colorido ambiente que durante el día se inunda del olor de las tradicionales “coyotas”, postre sonorense, que consiste en una gruesa tortilla de harina de trigo horneada con leña de mezquite y rellena de piloncillo o cajeta.

En lo que fuera el parque de Villa de Seris se construyó el Museo de Arte de Sonora, donde es posible ver exposiciones de artes plásticas nacionales e internacionales.

Un espacio que busca promover la creación artística y la difusión del arte, donde se imparten conferencias, organizan conciertos, ciclos de cine y talleres artísticos. Además, ofrece pasajes de la historia sonorense, así como muestras ancestrales del pasado mexicano. Para cubrir todas estas actividades, cuenta con 5,000 m2 de construcción en cuatro niveles para los eventos y exhibiciones. Este recorrido es una introducción a la cultura, costumbres e historia de Hermosillo.

Para seguir nutriendo la visita y tener un momento de esparcimiento, hay que dirigirse a la Plaza Zaragoza, un espacio que cuenta con un pintoresco quiosco morisco al centro con varios andadores y una bella arboleda. Por tradición, es el sitio de reunión de familias, amigos y turistas para descansar, refrescarse, leer un buen libro o degustar alguno de los antojitos que se venden en este emblemático lugar.

Si vas en fin de semana, podrás apreciar alguno de los eventos culturales que se realizan en la plaza; son una tradición y punto de encuentro de visitantes y lugareños.

Parar terminar la noche con un exquisito sabor de boca, es momento de disfrutar de la gastronomía sonorense. Entre los platillos imperdibles se encuentran la carne machaca, el menudo, las “tortillas de agua” o “sobaqueras” (son parecidas a las tortillas de maíz pero más delgadas, como una hoja de papel, y tan grandes como una sábana que podría cubrir a un bebé; algunas incluso llegan a medir hasta 165 centímetros de circunferencia), los frijoles refritos, hechos con frijol pinto o peruano, manteca de puerco, chile colorado, quesos cotija, requesón y oaxaca, y el chiltepín, un chile rojo que se seca y coloca al centro de la mesa.

Como digestivo, nada como el “bacanora”, un aguardiente parecido al mezcal que se fabrica a partir de la destilación del jugo de la cabeza asada de un maguey silvestre.

Una grata velada para cargar energía para el siguiente día de recorrido por las inmediaciones de esta gran ciudad.

Entre mar y dunas

El sol apenas empieza a descubrirse, lo que indica que es momento de emprender camino hacia otro mágico lugar, que se ubica a menos de 100 km de la ciudad, es Bahía de Kino. Un pueblo de pescadores, donde el buceo es una de las prácticas más comunes al igual que la pesca, misma que atrae a miles de visitantes por sus diversos torneos y la diversidad de especies que se pueden encontrar aquí, sin olvidar sus impecables playas y una gran variedad de actividades acuáticas.

Si lo que buscas es la aventura, a tan sólo 40 minutos de la ciudad, por la carretera que conecta con Bahía de Kino, se encuentran las Dunas de San Nicolás, un lugar de belleza inigualable en medio de un paisaje de arena y donde las dunas se juntan con el acuario del mundo: el mar de Cortés. También podrás ser testigo de la exquisitez de su gastronomía a orillas del mar y conocer más sobre el trabajo de los artesanos locales.

En un instante te verás en medio de un paisaje cubierto por cientos de dunas, donde las podrás escalar para obtener una impresionante vista a uno de los mares más fabulosos del mundo. Este paisaje es ideal para la práctica del sandboarding. Si no eres muy arriesgado, el descenso de una duna de 20 metros será tu opción, pero si eres más intrépido, San Nicolás ofrece una duna de 80 metros de altura con una inclinación entre 60o y 70 o. Simplemente, una experiencia que vale la pena realizar una vez que te encuentras en medio de la inmensidad de la arena.

La moderna capital sonorense con sus espectaculares atardeceres y tradicional hospitalidad es un lugar encantador y acogedor para vivir, pasear y convivir.

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