Todo en su lugar, los ténabaris sonando, la flauta, los tambores…
De la tierra, el venado recibe al cielo. Y entonces baila el universo.

Sonora es el estado de la República Mexicana donde el desierto se une con el mar. Y esto no es sólo una figura poética.

Aquí, en el noroeste del país, sorprende el Mar de Cortés, al que el oceanógrafo francés Jacques Cousteau llamó el acuario del mundo, que abraza a la región desértica donde florecen los sahuaros, cactus típicos del desierto, y una gran variedad de cactáceas endémicas.

Pero además de desierto y altas temperaturas, Sonora cuenta con sierra y valles. Cada una de sus regiones ha convertido la adversidad en oportunidades de desarrollo.

Las manos sonorenses han transformado las más áridas tierras desérticas en fértiles campos donde germinan muchos de los alimentos que se distribuyen en el país y se exportan a Estados Unidos y Europa.

 

Historia y tradición
En la época actual existen nueve grupos indígenas en Sonora, de los cuales siete son originarios: comca’ac (seris), pimas, guarijíos, yaquis, mayos, tohono o’odham (pápagos) y cucapás.

Los kikapú, procedentes del norte, viven desde hace 100 años en el municipio de Bacerac y existe, además, un grupo de migrantes integrado por personas de otras etnias del país, que laboran en el estado o se encuentran en tránsito al vecino país del norte.

La riqueza cultural es variada. Recorrer sus grupos étnicos es adentrarse a su visión del cosmos y a sus tradiciones ancestrales; aprender de la medicina herbolaria y el profundo conocimiento de la naturaleza, las estaciones y el clima. Es aproximarse a una manera diferente de medir el tiempo y la trascendencia. La importancia de la vida y de la muerte.

El fuerte latido de la tradición yaqui
A lo lejos se escucha el tambor. La procesión se acerca. En la piel se puede sentir el orgullo de la tradición. Los cantos inundan el ambiente. Avanzan el venado y los pascolas y abren camino en una danza continua; después “la tenanchi” con su bandera saludando los puntos cardinales, purificando, abriendo las puertas del infinito que conectan cielo y tierra. Y luego las imágenes sagradas en su silencioso transcurrir por los siglos, el olor a incienso, las mujeres cubiertas con coloridos rebozos. El pueblo yoreme celebra su existir y su eterna resistencia.

Los grupos indígenas de Sonora son corazones vivos que laten y nutren los procesos culturales del norte de México. Pueblos llenos de magia y tradición que en el presente reproducen con orgullo sus prácticas culturales. Su vestimenta, música y danza son muestra de un profundo sentido ceremonial que nada tiene que ver con un espectáculo folclórico, sino con una particular cosmovisión que los arraiga en sus raíces y proyecta su cultura hacia el futuro.

 

Celosos de sus tradiciones, difícilmente permiten capturar imágenes en sus ceremonias religiosas, pero presenciarlas es transportarse en el tiempo y dejarse llevar por una profunda espiritualidad ligada a la tierra y su conexión con el cosmos.

Los comca’ac, habitantes del mar y del desierto
Son conocidos como seris, que en lengua yaqui significa “los que viven en la arena”; pero ellos se autodenominan comca’ac, “la gente”. Su población cuenta con 900 habitantes distribuidos en dos comunidades: Socaiix (Punta Chueca) y Desemboque. Su territorio de más de 200 mil hectáreas en la costa central del Estado incluye la Isla Tiburón, la más extensa de la República Mexicana.

En la primera luna nueva de verano (entre finales de junio y principios de julio), la nación comca’ac celebra su Año Nuevo y abre las puertas a los visitantes. Este pueblo, conocedor ancestral del desierto y del mar, levanta sus banderas, celebra la vida que renace… cantan y danzan hasta el amanecer, cuando llega el nuevo día. Los comca’ac celebran la vida: los frutos del desierto y del mar que se abren como promesas. Renovación. Futuro. Infinito.

Uno de los rasgos distintivos de este pueblo es la pintura facial que, en ocasiones especiales, puede ser compartida con el turismo. Son rostros que cuentan mágicas historias, los colores de su bandera, el mar, la sangre, la buena suerte; figuras geométricas que comunican diferentes mensajes, como salud, alegría, estado civil, etcétera. Se adornan con collares y pulseras elaborados con diminutas conchas, caracolas, escamas o huesos de pescado, así como semillas y otros productos del mar.

Es una experiencia vigorizante y esperanzadora participar en un concierto con Hamac Caziim quienes, además, promueven anualmente a principios de mayo el Festival Xepe an cöicoos y las músicas del mundo, con la participación de artistas nacionales e internacionales que desde el territorio comca’ac comparten su talento y disfrutan el cobijo de los que viven en la arena.

Comments are closed.