Por Norma Esqueda

Rodeada de palmeras, con una energía sublime, tranquila, llena de armonía, con colores, olores y sabores que te hacen revivir los sentidos, así es la ciudad de Colima.

Se acercaba el fin de semana y deseaba salir de la ciudad para disfrutar de las bellezas que ofrece nuestro país. Un pequeño estado, de inmediato me cautivó: Colima, con su ciudad llena de atractivos turísticos, naturales, históricos y culturales.

Una vez en tierra colimense, su clima cálido y la cordialidad de su gente me atraparon. Aún traía el acelerado ritmo de vida que nos envuelven las grandes ciudades, pero la quietud y armonía de sus calles me hicieron contagiarme de su compás pausado mientras recorría sus calles, plazas y avenidas adornadas por su jardín permanente de palmas, no en vano le dicen la Ciudad de las palmas.

Para conocer cada uno de sus rincones, nada mejor que iniciar el recorrido caminando para vivir el sabor único de provincia a través de su arquitectura y sus calles.

La música y la algarabía de su plaza me hicieron dirigirme al Jardín Libertad, rodeado de frondosos árboles y palmeras. Alrededor del quiosco observé numerosas fuentes de metal con forma de cisne que le dan un peculiar toque al transitar por sus caminos. La plaza está cercada por los Portales Morelos, Hidalgo y Medellín; siempre alegres y llenos del ambiente que sólo los colimenses pueden inyectar a este estado tan particular.

Desde aquí logré apreciar algunos de sus monumentos emblemáticos, como la Catedral Basílica Menor, el Palacio de Gobierno y el Museo Regional de Historia. Desde este último, a la orilla de uno de sus balcones, aprecié una espectacular panorámica del Jardín Libertad, de todo el Zócalo y de esta apacible y alegre ciudad.

Caminé dos calle al norte de la catedral y me encontré con el Templo de San Felipe de Jesús, santo protector de Colima contra los temblores, que también es conocido como El beaterio. En el interior de la iglesia sobresalen un retablo barroco dorado de seis nichos y columnas salomónicas talladas en madera de cedro. Mi atención se enfocó en admirar los detalles originales de la fachada, edificada en el siglo XVIII. Desde aquí admiré a un costado la Plazuela Hidalgo y al frente la Pinacoteca Universitaria Alfonso Michel.

A unas cuadras hacia el sur está uno de los jardines más acogedores de la ciudad, La Concordia, donde antes estaba la plaza de toros, un campo deportivo y la sede de la ex Escuela de artes y oficios. Este verde escenario me invitó a sentarme en una de sus bancas para disfrutar del paisaje, bajo la sombra que ofrecen sus frondosos árboles y palmas.

Pese a la agradable sombra, necesitaba refrescarme. Mi deseo se hizo realidad, y por fin tuve mi primer acercamiento con los sabores de Colima: el bate, una bebida típica de la ciudad hecha a base de chía tostada, molida y mezclada con agua, que se acompaña con piloncillo para darle un sabor más agradable al paladar.

Después de esta experiencia, mi apetito me exigió degustar algo típico, así que seguí las recomendaciones de los colimenses: los sopitos, unos bocadillos oriundos de Villa de Álvarez; son pequeñas tortillas de masa con carne molida y salsa de tomate servidos con col rallada, cebolla picada, rábanos y queso fresco. No podía faltar el pozole de cerdo, que se sirve con lechuga, cebolla, rábanos, orégano y jugo de limón. Entre los platillos imperdibles se encuentran los tatemados (carne de cerdo en vinagre de coco, guisada en chile rojo), las pepenas (vísceras sazonadas de manera especial) y las cuachalas (maíz machacado con pollo deshebrado).

Pese a que ya estaba oscureciendo, me di a la tarea de visitar, aunque de manera rápida, dos de los jardines más representativos del lugar. El de San José, llamado también “el charco de la higuera”, donde años atrás existió un manantial de donde los viejos aguadores se abastecían de agua para beber y entregarla a domicilio. El otro es el Jardín de San Francisco de Almoloyan, en el que se pueden apreciar las ruinas del antiguo convento franciscano, cuya construcción se inició en 1554.

Después de una larga caminata, el hambre comenzó a hacer estragos en mi estómago, era momento de cenar. Seguí el dulce olor que recorría sus calles y que se escapaba de entre una de las panaderías. Decidí probar el pan típico de Colima, los picones, acompañado de un exquisito atole de vainilla y, para no quedarme con el antojo, también ordené el tradicional ponche, que hay en sabores de café, cacahuate, coco y ciruela pasa.

Con tan dulce experiencia, y con el paladar satisfecho, decidí tomar camino hacia el hotel. Mañana me esperaba un nuevo recorrido por las calles de Colima.

Historias labradas en piedra
Los primeros rayos del sol comenzaron a pintar cada una de sus construcciones, al tiempo que dejaron al descubierto la vida alegre de los colimenses, quienes bajo estruendosas carcajadas, paseaban por sus calles.

Con una sonrisa, tomé camino hacia la zona arqueológica de La Campana, que se ubica a sólo 15 minutos del centro de Colima, en el municipio de Villa de Álvarez. Su nombre se debe a que quienes la descubrieron distinguieron un montículo con forma de campana.

Lo que más sorprende, es el hecho de que los esqueletos encontrados carecen de manos, pies y caja torácica. El lugar cuenta con edificaciones realmente monumentales, plataformas en forma rectangular con niveles superpuestos, pirámides escalonadas que fueron usadas como bases para grandes recintos y patios ceremoniales, además de muchas otras construcciones.

También se pueden identificar numerosos petroglifos en plazas y patios, en cuyos espacios interiores hay estructuras de diversos tamaños. Es posible observar calles, un sistema de drenaje, un juego de pelota, edificaciones de carácter administrativo, religioso y habitacional y un centro ceremonial.

Después de una hora de recorrer sus construcciones, fue momento de tomar dirección hacia El Chanal, otro sitio arqueológico. Me llevó 15 minutos llegar a él por un camino empedrado, donde se encuentran majestuosos espacios ceremoniales, plazas, pirámides, altares centrales y juegos de pelota. Entre las estructuras más interesantes se encuentran el Osario, la Pirámide y la Gran Plataforma.

Es un lugar bastante interesante que invita a la exploración, ya que se han encontrado diferentes piezas hechas de metal, cerámica plumbate, obsidiana y esculturas de Xipe Totec elaboradas en barro.

Inmersas en misterio y enigma, pude conocer dos civilizaciones prehispánicas que forman parte de las raíces de Colima, una ciudad donde la vida se abre paso entre risas y anécdotas entrañables.

Bajo un cielo azul envuelto en tonalidades anaranjadas recorrí Colima. Fue momento de partir, aunque me quedé con ganas de visitar Comala, el Volcán de Fuego, Hacienda Nogueras y Manzanillo, entre otras bellezas que oferta el destino. Estoy segura que regresaré muy pronto para conocer las tradiciones y sabores de esta tranquila ciudad.

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